A sus ojos, nos hacemos viejos y fascistas. Pero no, nos hacemos más sabios, fuertes y lógicos sin las ataduras y hervores de la juventud confusa; nos limpiamos, por decirlo claro, y ya no es posible el engaño habitual ni la duda, porque somos rocas. Pecadoras, sí, pero nunca cambiadas de lugar.
Cómo sufren.
