Entonces el cielo se cierra con nubes de amenaza terrible y humillante desperdicio (tanto esfuerzo, tanto esfuerzo); vienen con la Muerte a cuestas, alrededor y dentro. Sopla el viento, me ofrecen qué sino algo parecido al vacío inflamado, cruces invertidas, delirios obscenos y luces negras. Hay dolor.
Vienen a mí con la Muerte a cuestas, sin complejos ni temor; cierro los ojos y los ignoro: tal es mi desprecio.
Al final se podría elaborar un susurro fuerte de rechazo, tan estruendoso como eficaz; y los muertos perderían ese poder absurdo. Todos parecen interesados en eliminar el alma. Ruedan como entre fiebres.
No perderé el alma, es mi única posesión; el cielo se cierra sin remedio, fúnebre concepto: tu dios no es mi Dios.